Cuando Jesús andaba predicando el evangelio entre el pueblo judío, el Imperio Romano ya era un mundo dominado por legalistas, filósofos y los que luchaban por el poder político. Y cada uno de esos tres grupos tenía su propia cosmovisión.
1.Estaban los judíos, los eternos guardianes de la ley, que daban estructura a todo aspecto de su sociedad con códigos estrictos de ética y moral. Ellos eran los “proveedores” de justicia, que comercializaban la justicia de manera semejante a la de un vendedor que ofrece en venta su mercadería. En Israel se consideraba correcto que la gente común preguntara: “¿Qué dice la Ley?”, y que los intérpretes de la ley respondieran con explicaciones ortodoxas y obligatorias. En medio del libertinaje de los filósofos griegos y el desenfreno característico de los romanos, el pueblo
judío ofrecía orden y ética, todo a través de la fuerza de la ley.
2.También estaban los griegos, siempre afanados por encontrar sabiduría y siempre preparados para discutir ideas y conceptos. Los griegos estaban convencidos de que cualquier pregunta práctica o filosófica podría ser contestada a través del ejercicio mental disciplinado. Establecían la sabiduría y el conocimiento como la base para su estilo de vida. Aunque diferentes filósofos griegos seguían diferentes patrones de pensamiento y de estilo de vida, todos defendían su manera de pensar y de vivir con defensas filosóficas, y con palabras de sabiduría humana.
3.Además, estaban los romanos. Aunque apreciaban tanto la ley como la sabiduría, su preocupación mayor era alcanzar poder, y su meta principal era conquistar el mundo. Por medio de sus líderes sanguinarios y sus espadas sangrientas, los romanos sometieron naciones y culturas vecinas a través de la fuerza brutal y el poderío militar. Ellos eran soldados con autoridad, y todo romano lucía con orgullo su uniforme de poder. Ley, sabiduría, poder… ¿Cómo se hizo Jesús frente a estas tres dinámicas de su era?
Una nueva dinámica
Cuando Jesús nació, ninguna de las tres dinámicas convencionales funcionaba bien: Los judíos estaban esclavizados a la ley; los griegos estaban desilusionados por la multiplicidad de sus ideas; y el alma de la cultura romana se estaba repudriendo, emborrachada de poder. Ya había llegado el tiempo de proclamar el advenimiento de una cuarta dinámica. ¡Era tiempo de anunciar las Buenas Nuevas de Jesucristo! Sin embargo, las Buenas Nuevas de la nueva dinámica a primera instancia parecen ser malas noticias, noticias de muerte. Y la proclamación de este nuevo reino peligra desalentarnos porque, en su mero centro, se halla una cruz, aquel vil instrumento de muerte. Pero, escondida en esta cruz está la cuarta dinámica, una dinámica tan inesperada que el mundo apenas pudo entenderla (y no la entiende aún). Jesús tomó sobre sí la maldición de la muerte de cruz, la peor desgracia y derrota que las potestades infernales podían traer contra él, y la convirtió en el medio para alcanzar el triunfo, la conquista, y la vida eterna. En este reino, la vida es sólo a través de la muerte. El derecho de ciudadanía en este reino depende de la disposición de “tomar la cruz” y seguir a Cristo. Vida en abundancia se les ofrece sólo a aquellos que mueren. Al vivir conforme a esta nueva dinámica, el éxito sólo viene al “caer en la tierra y morir” (véase Juan 12.24), no por medio de acatar leyes, expresar ideas geniales, ni ejercer gran poder.
La cruz olvidada
A pesar de ser un tema tan repetido en el Nuevo Testamento, la perspectiva de una cruz que rija en todo aspecto de nuestra vida es una perspectiva que hace gran falta en el cristianismo actual. La cruz más común en el cristianismo de hoy no es más que una cruz teológica… y sólo ofrece una salvación teológica. En cambio, la verdadera cruz de Cristo es una realidad que quebranta la vida y cambia las perspectivas, creando así un cambio completo en la forma de vivir. La dinámica de la cruz, con su fuerza y belleza auténticas, raras veces recibe la honra que merece en esta era religiosa dominada por la ley, la sabiduría humana, y el poder. Pablo no escogió aquella cruz teológica y ornamental. “Yo traigo en mi cuerpo”, dijo él, “las marcas [el estigma (véase el griego)] del Señor Jesús” (Gálatas 6.17). En otras palabras, la vida de Pablo estaba marcada con heridas producidas por la cruz. Su vida traía las evidencias de los efectos de la cruz. Y puesto que él era un participante de la cruz, también podía hablar con autoridad a los legalistas, a los sabios, y a los que buscaban el poder. Él tenía la autoridad de la cruz porque se había entregado a seguir el camino de la cruz. ¿Cuántos cristianos hoy día permiten que la cruz determine los detalles de su forma de vivir? O, poniéndolo de otro modo, ¿cuántos llevan vidas marcadas con heridas producidas con la cruz? Cuando nos retraemos de morir con Cristo y llevar la cruz, dejamos de experimentar su poder. Y, en la medida en que despreciemos la cruz, las atracciones de la ley, la sabiduría y el poder nos engañarán y se nos presentarán como substitutos viables de la cruz. Confróntate seriamente con esta pregunta: ¿Cuántas cosas en mi vida como creyente, o en mi congregación, han sido determinadas de acuerdo a la ideología de la ley, la sabiduría humana y el poder? La ideología de la ley puede ser invocada para mantener el orden eclesiástico. La dinámica de la sabiduría humana religiosa produce incontables argumentos religiosos y teológicos. Y, lamentablemente, el poder (la lucha por la supremacía) ha determinado incontables políticas, formas de administración y procedimientos en miles de iglesias supuestamente cristianas.
Toma la cruz
Jesús dijo, hace muchos años, que hacerse discípulo de él depende de nuestra disposición de tomar nuestra cruz y seguirle. En otras palabras, nuestras vidas deben estar regidas por la cruz en nuestro hombro y las marcas (el estigma) de la cruz en nuestras manos. En la era de Cristo, cuando un judío tomaba su cruz, esto significaba una sola cosa: él estaba en camino a su crucifixión. Llevar la cruz significaba que la persona estaba bajo una sentencia de muerte, ya condenada, ya como muerta. Una víctima con una cruz sobre su hombro ya no podía apelar a ley. Él no podía escapar de su ejecución bajo ningún argumento sabio, y mucho menos podía contar con el poder la espada de los soldados para efectuar un rescate a su favor. Únicamente le quedaba una cosa: MORIR. Lo mismo sucede con los creyentes verdaderos. Cuando un discípulo toma su cruz, está bajo la sentencia de muerte. En verdad, está como si ya estuviera muerto. Y sólo le queda una cosa: caer en tierra y morir… para poder llevar mucho fruto.
Vive en el reino de la cruz
Cuando los creyentes verdaderamente hacen de la cruz su estilo de vida, ¿qué impacto reciben en sus vidas? En otras palabras, ¿cómo se expresa la dinámica de la cruz en sus vidas diarias?
La cruz y el mundo
La típica reacción religiosa a la amenaza de la mundanería es una reacción basada en la ley: “No manejes, ni gustes, ni aun toques” (Colosenses 2.21). Los creyentes muchas veces procuran resistir las amenazas del mundo por medio de una reacción de la ley, una supuesta protección mediante la restricción. Sin lugar a duda, hay restricciones en el reino de la cruz. Pero la dinámica de la cruz de Cristo va más allá, proveyendo una solución al problema de “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida”, haciendo así frente a la atracción a lo prohibido. En el reino de la cruz, Cristo nos ayuda a morir a los deseos malos, y no solamente a dejar de hacer las acciones malas. Pablo testifica que, por medio de la cruz de Cristo, “el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6.14). Las dinámicas netamente de la ley jamás serán adecuadas para combatir los deseos carnales. Solamente el corazón que experimenta el poder transformador de un amor nuevo, que se ha rendido a morir en la cruz, y cuyo clamor es “he aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10.9), podrá resistir exitosamente la atracción del mundo.
La cruz y las riquezas
Las personas que cargan una cruz en sus hombros raras veces son atraídas por las riquezas. De todas maneras, la riqueza ya no tiene relevancia para una persona que va rumbo a la muerte. De la misma manera, debemos despojarnos de todo derecho a nuestras posesiones al registrarnos en la entrada del reino de Cristo. Jesús le dijo al joven rico: “Anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz” (Marcos 10.21).
La cruz y la autoridad
Jesús denunció rotundamente: 1) el amor al dinero y 2) el abuso de la autoridad. Estos dos funcionan sobre principios de poder. En Marcos 10, Jesús resaltó el hecho de que ejercer señorío o autoridad no es el modo de operar en su reino. En el reino de la cruz, la grandeza viene por medio de servir a otros, y la autoridad se obtiene por medio de llevar una vida de servicio desinteresado. Este es el camino de la cruz, y Jesús nos llama a seguirle por este camino: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10.45).
La cruz y el evangelismo
Jesús, previendo los sufrimientos de la cruz, dijo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12.32). Cuando Cristo hubo sellado su evangelio con su muerte en la cruz, Jerusalén y el mundo entero fueron trastornados, y miles se convirtieron en “pequeños Cristos” (cristianos). Si pensamos que el evangelismo es sólo proclamar las verdades bíblicas al mundo, hemos perdido de vista la dinámica de la cruz. ¡El evangelismo verdadero se lleva a cabo por medio de la cruz, y, específicamente, por medio del testimonio de los cristianos que abrazan la cruz en su vida diaria! Cuando los creyentes abrazan la cruz, Dios hace muy eficaz su testimonio. Muchos creyentes del primer siglo dieron sus vidas en el coliseo romano por el testimonio de Jesús, evangelizando así con mucho éxito a miles de ciudadanos romanos a la vez; los anabaptistas sacrificaron sus vidas por reestablecer una iglesia pura y bíblica en el siglo XVI; y, en el siglo XIX, los colportores [* “COLPORTOR”: PALABRA EMPLEADA PARA DESIGNAR A LOS VENDEDORES AMBULANTES EMPLEADOS POR UNA SOCIEDAD BÍBLICA PARA OFRECER EJEMPLARES DE LA BIBLIA AL MAYOR PÚBLICO POSIBLE.] de Latinoamérica trabajaron arduamente para difundir el precioso mensaje de la Biblia a costo de su comodidad, de su salud y hasta de sus vidas… todos estos y más llegaron a ser evangelistas exitosos porque abrazaron el camino de la cruz.
La cruz y las relaciones interpersonales
En cuanto a sus relaciones con los demás, por naturaleza, el hombre tiende a querer dominar a otros. Pero, en el reino de la cruz, se nos llama a tener la mente del Cristo crucificado, la mente de aquél que “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, (…) se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2.7–8). Al seguir este ejemplo de Cristo, estimamos a los demás como superiores a nosotros mismos. Pero Cristo es el que verdaderamente importa. Y, ya que él nos enseña que nuestros prójimos también son importantes, tratamos de serles útiles. La lucha por lograr la superioridad en las relaciones interpersonales es un rasgo del viejo hombre. En el reino de la cruz, las buenas relaciones son marcadas por la humildad, el servicio y la ayuda mutua.
Entra en el reino de la cruz
Hoy en día hay una gran selección de puntos de vista y estilos de vida “cristianos”. Uno puede valerse del cristianismo de mil y una formas diferentes para sacar provecho personal. Pero el cristianismo verdadero, el cristianismo del reino de la cruz, es mucho más angosto. Solamente los que verdaderamente han muerto pueden entrar en él, y “pocos son los que la hallan” (Mateo 7.14). Este tipo de cristianismo es auténtico. A veces yo me fatigo preguntándole a la gente de las iglesias que si ha nacido de nuevo porque todo el mundo dice que sí. Lo que realmente quiero saber es que si han muerto, si han sido crucificados para así entrar en el reino de la cruz de Cristo. Quiero saber si han permitido que el concepto de la cruz surta efecto en su manera de vivir y pensar. En otras palabras, ¡muéstrame tu estigma! Hazme ver las heridas de la cruz en tus manos, en tus pies, ¡en toda tu vida! Lo extraño es que cuando escoges entrar en el reino de la cruz, Dios te capacita para que vivas conforme a la “ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús” (Romanos 8.2). Él te da la “sabiduría que es de lo alto” (Santiago 3.17). Y te da un “Cristo crucificado”, el cual ya ha resucitado y es “poder de Dios” (1 Corintios 1.23–24). Además, en el reino de la cruz, Dios te da fruto. “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.” ¡Muramos, y entremos en el reino de la cruz! —Arlin Weaver
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