Hemeroteca del 20 April, 2010

De vez en cuando, todos nos enfrentamos con la depresión. Hasta las personas más optimistas tienen días cuando se les pega la depresión. El salmista mismo clamó: “Dios mío, mi alma está abatida en mí” (Salmo 42.6).

Que un día nos sintamos víctimas de la depresión, pero que tal depresión se vuelva humo de la noche a la mañana es una cosa tan común como coger un resfriado.

Pero es otra cosa completamente distinta cuando la depresión crónica nos abate día tras día, sin darnos ningún alivio. Anhelamos alivio, pero apenas nos atrevemos a creer que tal cosa exista.

La depresión crónica puede tener varias causas, entre las cuales se destacan:

• La falta del equilibrio hormonal y otros problemas físicos.

• La ignorancia… y el resultante sentido de temor de lo desconocido, acompañado con un fuerte sentido de la vulnerabilidad.

• El pecado en nuestra vida. La perversión sexual, el enojo y la amargura figuran entre los pecados que más causan la depresión crónica.

• Una confianza absoluta en el hombre (que sólo Jesucristo merece), tal como en el pastor, o en los hermanos, o en otra “gente buena”… que, sin embargo, son muy humanos.

En los casos de la depresión crónica, es necesario identificar y tratar con la raíz del problema. Esto requiere de una honestidad “descarnada” ante Dios, ante nosotros mismos y ante nuestros hermanos en la fe. Muchas veces, una persona extremadamente deprimida necesita la ayuda de otros. Para que la ayuda de ellos sea eficaz, es preciso que la persona deprimida tenga una profunda humildad junto con la honestidad.

¿Estás deprimido? Sé honesto. No temas exponerlo ante Dios y ante tus hermanos de confianza. Permite que Dios y ellos te muestren la salida. Tendrás que luchar, pero hay esperanza. No te rindas. En cuanto al pecado, hay perdón y victoria mediante la sangre de Jesús y el arrepentimiento. En cuanto a los problemas físicos, hay salud si Dios así lo dispone, y en todo caso hay gracia para soportar la prueba. Espera en Dios.

“¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío” (Salmo 43.5).

—Daniel R. Huber

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