Hemeroteca del 28 November, 2008

Tres nuevos estudios bíblicos de Cristianismo Primitivo

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Las riquezas, encarnada eficaz

“Todo lo que viene de arriba is bendición, hermano.” Esta frase es muy común entre los que nos hacemos llamar “cristianos evangélicos”.

Cayó una avioneta de los narcos en la costa atlántica de Nicaragua. Una avioneta procedente de Colombia, cargada de cocaína. Cocaína con rumbo al norte. Cocaína que sería consumida por los drogadictos en las calles de alguna ciudad norteamericana. Cocaína por la cual algunos tal vez hasta habían matado y robado. Pero cayó en manos de “cristianos evangélicos” que viven cerca de la costa atlántica de Nicaragua…

¿Y qué pasó con esa cocaína ya en manos de personas que bien podrían levantarse en el culto el domingo por la mañana y dar un testimonio impresionante? Es asombroso saber que ahora en la costa atlántica hay bellos edificios “dedicados a Dios”. Construidos con el dinero procedente de la venta de la droga.

Es asombroso también saber que hay lugares donde la droga viene por los sacos llenos a la casa del pastor cuando se sabe que la policía viene a revisar cierto poblado. Pues, ¿quién pensaría que la droga estuviera en la casa del pastor? Pero, ¿realmente será de extrañarse que sucedan cosas así en las comunidades “cristianas” en la costa atlántica de Nicaragua? Tengamos muy presente que en otras partes del mundo los “cristianos”:

• Roban al cobrar altos intereses.

• Se hacen ricos a costa del duro trabajo de los pobres.

• Mienten para hacer negocios lucrativos.

• Afirman que las riquezas son bendición de Dios.

“Todo lo que viene de arriba es bendición, hermano”, dicen. No. Realmente no es de extrañarse que existan “cristianos” que venden la droga que cayó del cielo en su comunidad.

Pongámonos de acuerdo en un punto muy esencial: La raíz de todos estos “males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6.10). La Biblia está en los cierto cuando afirma que “los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (1 Timoteo 6.9).

¿Ama usted al dinero? ¿Caería usted en la trampa del diablo, la cual tiene el dinero como carnada? O, ¿tal vez usted ya cayó en la trampa?

Lastimosamente, el empuje más grande en muchísimas iglesias evangélicas en la actualidad es una sola cosa: el dinero. Por ejemplo, gran parte de las campañas evangelísticas se llevan a cabo, no porque el evangelista verdaderamente ama las almas perdidas, sino porque busca sus ofrendas. Incluso su afán por defender la teología propia de su denominación, así atrayendo a otros y protegiendo a sus fieles, es por lo mismo.

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Si, como dice nuestro Señor y Salvador, el reino de Dios no vendrá
espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí, sino que el
reino de Dios está dentro de nosotros, pues la palabra está cerca de
nosotros, en los labios y en el corazón, sin duda, cuando pedimos que venga
el reino de Dios, lo que pedimos es que este reino de Dios, que está dentro
de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando.
Efectivamente, Dios reina ya en cada uno de los santos, ya que éstos se
someten a su ley espiritual, y así Dios habita en ellos como en una ciudad
bien gobernada. En el alma perfecta está presente el Padre, y Cristo reina
en ella, junto con el Padre, de acuerdo con aquellas palabras del Evangelio:
Vendremos a él y haremos morada en él.

Este reino de Dios que está dentro de nosotros llegará, con nuestra
cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol,
esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a él todos sus enemigos, entregue
a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos. Por esto, rogando
incesantemente con aquella actitud interior que se hace divina por la acción
del Verbo, digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea
tu nombre, venga a nosotros tu reino.

Con respecto al reino de Dios, hay que tener también esto en cuenta: del
mismo modo que no tiene que ver la luz con las tinieblas, ni la justicia con
la maldad, ni pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo, así tampoco pueden
coexistir el reino de Dios y el reino del pecado.

Por consiguiente, si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de
ningún modo el pecado siga dominando nuestro cuerpo mortal, antes bien,
mortifiquemos todo lo terreno que hay en nosotros y fructifiquemos por el
Espíritu; de este modo, Dios se paseará por nuestro interior como por un
paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo, el cual se
sentará en nosotros a la derecha de aquella virtud espiritual que deseamos
alcanzar: se sentará hasta que todos sus enemigos que y en nosotros sean
puestos por estrado de sus pies, y sean reducidos a la nada en nosotros
todos los principados, todos los poderes y todas las fuerzas.

Todo esto puede realizarse en cada uno de nosotros, y el último enemigo, la
muerte, puede ser reducido a la nada, de modo que Cristo diga también en
nosotros:

¿Dónde está, muerte, tu victoria?
¿Dónde está, muerte, tu aguijón?
Ya desde ahora este nuestro ser, corruptible,
debe vestirse de santidad y de incorrupción,
y este nuestro ser, mortal,
debe revestirse de la inmortalidad del Padre,
después de haber reducido a la nada el poder de la muerte,
para que así, reinando Dios en nosotros,
comencemos a disfrutar de los bienes
de la regeneración y de la resurrección.
El Cristianismo Primitivo

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